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Bolaño imprescindible

A veces, tirado en el sofá, encuentra uno razones para no cerrar las derrochadoras y manipuladas televisiones públicas. Por ejemplo, el documental Roberto Bolaño: el último maldito, emitido por La 2 el pasado 21 de octubre, fascinante para todos los admiradores del gran autor chileno y repleto de claves para entender mejor algunos de sus libros.

Puedes verlo en este enlace de la mediateca de RTVE.es

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Los detectives salvajes

“He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así”.

Lacónica y sugerente arranca Los detectives salvajes (Anagrama), la novela que empezó a dar fama al chileno Roberto Bolaño (1953-2003), convertido en un autor de culto desde entonces y consagrado con 2666, la obra póstuma que le hace pensar a uno hasta donde habría llegado este escritor excepcional si la muerte no se lo hubiera llevado prematuramente.

Los detectives salvajes es la novela que devolverá al redil a los descreídos de la narrativa y fortalecerá la fe de los catecúmenos de la literatura. Se trata de una historia -siempre al filo de la pesadilla y la paranoia-, que nos lleva por México, Nicaragua, España, Francia, Israel, los EE.UU., Austria y África de la mano de dos personajes fantasmales que vertebran la compleja trama: Ulises Lima y Arturo Belano, embarcados durante dos décadas en la errante búsqueda de una escritora casi desconocida desaparecida en tiempos de la Revolución mexicana.

Por el camino nos topamos con un alud de sucesos -en las novelas de Bolaño no dejan de pasar cosas, en una especie de horror vacui argumental- y personajes, enhebrados en una narración distante y eléctrica, salpicada de un extraño sentido del humor, más cerca de la mueca que de la sonrisa. Leer a Bolaño es asumir el papel de ratón frente a un gato mucho más listo y poderoso que juega con uno como quiere. Hazlo, no te arrepentirás.

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Libranda(nos) del mal

Como decíamos ayer, hice muy bien en llevarme a Vila-Matas para las vacaciones. Las reflexiones inteligentes, atinadas e irónicas de su Dietario voluble son perfectas para leerlas entre cerveza y cerveza -¿cómo es posible que haya gente y hasta civilizaciones enteras que vivan sin el alcohol que todo lo mejora y nos hace más felices?-, y además me llevé el gustazo libresco de encontrar en el momento preciso un pasaje que se correspondía con la tortura que vivía embutido en una aglomeración para el embarque en un vuelo low-cost. Állá va:

  • Cuando veo el barullo y todas esas brutales filas de gente esperando en los aeropuertos, inevitablemente pienso en Louis-Ferdinand Céline: “Oleadas incesantes de seres inútiles vienen desde el fondo de los tiempos a morir sin cesar ante nosotros y, sin embargo, seguimos ahí, esperando lo que sea… “

Admitámoslo. El verano es la estación de los horrores, y basta el espectáculo -apropiado para un cuadro de El Bosco que nos brindan los espantosos pies de nuestros congéneres, dignos de una leprosería medieval, para desear una súbita teletransportación a Laponia, donde me cuentan mis corresponsales que las chanclas tienen poco mercado. ¿Tendrá razón Vila-Matas cuando dice que “los embrutecidos aeropuertos de hoy sólo son un anuncio del pavoroso futuro que nos espera?” ¿Estamos ya en una culturilla de bajo coste, obsesionada con la seguridad y que se cree muy libre sólo porque puede comprar cosas, cuando su realidad profunda es que vive permanentemente acojonada por todo? Y encima, en bermudas.

Mi misantrópica melancolía de fin de vacaciones -suerte, compañeros, nos veremos en otra Omaha Beach- ha crecido al descubrir que cierra Méndez, una librería de toda la vida del barrio de mis padres, supongo que fagocitada por las grandes superficies y la lógica implacable del negocio. Cuando ya no quede ni una librería de barrio las ciudades serán definitivamente parques temáticos (las bonitas, al menos) y sus corredores calles entre un centro comercial y otro.

Con este panorama, meterme en plataformas on line a lo Libranda me apetece lo mismo que cenar con Maradona o vivir en un pasillo de Barajas. Próxima estación, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Habrá que defenderse leyendo. Y con alegría.

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