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Maldito parné

Pocas definiciones mejores del dinero, amo y señor de nuestras vidas, que la de Ambrose Bierce en su Diccionario del diablo: “Una auténtica bendición que solo nos resulta ventajosa cuando nos deshacemos de él”.

Esa condición paradójica del único dios verdadero se refleja en El dinero en The New Yorker (272 págs., 23,95 €),un volumen de viñetas con El dinero en The New Yorkerel que Libros del Asteroide —una editorial que merece todos los elogios, aunque solo fuera por difundir la obra de Manuel Chaves Nogales Robertson Davies— se sale de su línea habitual para adentrarse en la de los coffee table books, esos que tan bien quedan en la mesa del salón, a mano para echarles un vistazo de vez en cuando más que para devorarlos de un tirón.

Robert Mankoff, dibujante y editor de viñetas de The New Yorker, la prestigiosa y un punto esnob revista neoyorquina progresista a la americana —el ala izquierda del PP, para entendernos— ha seleccionado 400 viñetas publicadas en este semanario desde 1925 hasta nuestros días. El tema, el dinero y las finanzas, de Gran Depresión en ¿enorme? Depresión y tiro porque me toca, en una demostración gráfica de que la economía se parece a la historia en definición marxista y se repite, pero en clave de farsa.

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No es que The New Yorker haya destacado nunca por su humor gráfico, habitualmente por debajo del nivel de sus textos (entre otros, allí han colaborado Truman Capote, Woody Allen, Roald Dahl, John Cheever, Joan Didion, Hannah Arendt, Salinger…), pero entre tantas viñetas hay muchas muy buenas, con gracia y mala leche. Cierto, el lector español también encuentra un puñado que solo puede entender un estadounidense, pero en general su universalidad constata que en materia de dinero todos hablamos el mismo idioma.

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Lo más interesante de este recorrido por casi un siglo de humor gráfico es apreciar que, pese a los cambios de mentalidad, las modas y el paso del tiempo, nuestros problemas económicos son casi idénticos a los de nuestros antepasados. Y además, ¿has pensado lo cool que vas a parecer regalando este libro en Navidad?

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Levadura de malicia

El canadiense Robertson Davies (1913-1995) es un escritor poco conocido en España. Mejor, porque así puede darse uno el gusto de descubrir un novelista original, de aire victoriano pero moderno, inteligente, con una escritura concisa y elegante, un irónico lúcido pero amable y compasivo que sabía penetrar en el alma humana mientras construía tramas divertidas y apasionantes con un punto de vodevil intelectual.

Libros del Asteroide lleva unos años recuperando en nuevas traducciones las novelas de Davies, que él mismo concebía de tres en tres y que agrupó en trilogías. La editorial barcelonesa comenzó con la Trilogía de Deptford (escrita en los 70, una obra maestra y quizá la más adecuada para adentrarse en su obra); prosiguió con la Trilogía de Cornish (publicada en los 80) y ahora nos ofrece Levadura de malicia (1954), el segundo volumen de la Trilogía de Salterton, primera de las suyas (hay una última y cuarta, la Trilogía de Toronto, pero el autor murió cuando solo le había dado tiempo a escribir sus dos primeras entregas: Asesinatos y ánimas en pena, de 1991, y Un hombre astuto, de 1994).

Levadura de malicia nos sitúa en Salterton, una imaginaria ciudad canadiense con todos los males de las localidades pequeñas y provincianas: la maledicencia, el cotilleo y el escrutinio asfixiante de las vidas de los otros. La historia arranca con el anuncio en un periódico local del falso compromiso matrimonial de dos jóvenes de la ciudad, excusa para el desarrollo de un argumento muy teatral (Davies trabajó como actor en Inglaterra, escribió obras de teatro y las produjo) donde brillan un fino y sutil sentido del humor, la facilidad para los diálogos y la habilidad al ensamblar peripecias tragicómicas en narraciones que se leen de un tirón y casi siempre con una sonrisilla en la boca.

La Trilogía de Salterton supuso el debut novelístico de este imaginativo creador que se reveló con cuarenta años cumplidos, ya maduro y con más recursos de los que suelen manejar principiantes más jóvenes. Levadura de malicia no alcanza la categoría de sus posteriores libros, pero en ella muestra ya su capacidad para describir ambientes y profesiones, su sabiduría, su perspicacia psicológica y su maestría al escribir relatos tan fáciles de leer como cultos, entretenidos en el mejor sentido, vitalistas, densos y repletos de ideas y dilemas morales.

Francamente, no se me ocurre ninguna razón para no leer a Robertson Davies.

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Lectura feliz

Parece mentira -peor, un pecado- que el fabuloso escritor canadiense Robertson Davies (1913-1995) fuera prácticamente desconocido en España hasta que Libros del Asteroide comenzara hace unos pocos años a traducir sus novelas, organizadas en trilogías pero que permiten una lectura independiente. La joven editorial nacida en 2005 empezó con la Trilogía de Deptford, compuesta por El quinto en discordia, Mantícora y El mundo de los prodigios; y siguió con la Trilogía de Cornish: Ángeles rebeldes, Lo que arraiga en el hueso y La lira de Orfeo.

Ahora le toca el turno a la Trilogía de Salterton, que se abre con A merced de la tempestad (1951), el debut novelístico de Davies, que aprovechó su larga experiencia teatral (fue actor y productor y escribió comedias de éxito) para narrar las peripecias con aire de vodevil de los componentes de El Teatro Joven de Salterton, una compañía amateur que se dispone a representar La tempestad de Shakespeare.

La novela, divertida y amable, supone un homenaje al mundo del teatro y la vida que lo rodea, y aunque no alcanza la altura de sus obras posteriores, muestra ya las muchas virtudes literarias de Davies, más maduro y dotado de lo que podría suponérsele a un primerizo, quizá porque tenía ya 38 años cuando la publicó. Davies fue un excepcional y perspicaz observador de los seres humanos, a los que supo retratar con todas sus contradicciones y miserias, grandezas y deseos ocultos; y un muy ingenioso creador de personajes de carne y hueso que jamás parecen de cartón piedra, además de un irónico cronista de la Canadá de su tiempo, sin caer en el costumbrismo coñazo.

Erudito sin pedantería (qué difícil es eso), su elegante y fino sentido del humor me recuerda al del Dickens de Los papeles póstumos del club Pickwick, y aunque sus narraciones puedan parecer a más de uno algo decimonónicas, merece la pena leer a este delicioso escritor que convierte cada página en un placer inteligente. Te será difícil no caer en sus redes.

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Sólo para los (muy) fuertes

Preludio de la Navidad. Ni siquiera el más Mr. Scrooge (ahora profanado por el insufrible Jim Carrey) de los topos de estantería podría dejar de advertir dos signos inequívocos de la llegada de esta movida algo intimidante: la avalancha de libros de César Vidal (¿duerme este hombre? ¿come? ¿una tribu de oompa-loompas lo espabila cuando cae rendido sobre el ordenador?) y el desembarco masivo e irresistible de los ‘todo en uno’, esos tochos blindados en tapas duras que reúnen en un solo y gigantesco volumen obras varias de un mismo autor, relacionadas o no.

Por ejemplo, Todo Marlowe, publicado por RBA (tapas blandas, valga la excepción), que agrupa en un libro de 1.392 páginas los cuatro primeros casos de Philip Marlowe, el cínico, desencantado, sarcástico y duro detective creado por Raymond Chandler e inspirador de decenas de películas de la serie negra, como
El sueño eterno,
repletas de diálogos magistrales de este estilo:

HAY QUE ECHARLE VALOR
Haz la prueba y coge uno de estos volúmenes. ¿Dónde leerlos? En el transporte público te provocarán problemas logísticos y de convivencia, y quizá una hernia. En la cama te aplastarán. Y en el baño… Sin embargo, ahí están, y tienen su público, aunque en mi caso he de decir que cada vez que he caído en la tentación de hacerme con uno de ellos ha pasado mucho más tiempo en la estantería que en mis esmirriados brazos. ¿Apología del libro electrónico? No, pero el que no se asuste ante 1.000 páginas embutidas en medio kilo de papel que levante la mano. Y además, no tolero bien el dolor.

“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros”, decía el maestro Borges. No estoy de acuerdo, pero es una frase tan buena y, sobre todo, tan aplicable a muchas de las novedades que atestan las mesas y estantes de las librerías… En cualquier caso, manejables o no, uno se puede topar con verdaderas joyas que despertarían el ansia del lector más inapetente.

Como la maravillosa Trilogía de Deptford de Robertson Davies (Libros del Asteroide, 1.224 páginas), uno de esos descubrimientos que avivan el placer de leer y del que ya he hablado por aquí; los Cuentos Completos de Robert Louis Stevenson, 960 páginas editadas por Mondadori (no admito bromas con Stevenson, si no te gusta es que NO TE GUSTA LEER); o, para corazones fuertes, la Trilogía de Auschwitz, de Primo Levi (El Aleph, 656 páginas), donde el autor italiano narra con sobriedad el horror de los campos de exterminio nazis, a los que acabó sobreviviendo para suicidarse en 1987, aunque aún existen dudas sobre la causa real de su muerte.

Por supuesto, hay cabida para libros más alegres que el de Levi. Así, La historia de mi vida (dos volúmenes, 3.648 páginas, Atalanta) de Giacomo Casanova, más que un personaje real, una leyenda; historias detectivescas victorianas como las de Sherlock Homes anotado (912 páginas, Akal), que contiene los cuatros relatos largos publicados entre 1887 y 1915 por Arthur Conan Doyle e incluye más de mil notas y un buen puñado de textos críticos y explicativos de Leslie S. Klinger, una autoridad sherlockiana mundial (qué puñeteramente británico es esto); y, para terminar este repaso mastodóntico, se puede probar con el arte y la fantasía representados por los Cuentos de imaginación y misterio (440 páginas, éste no da miedo), de Edgard Allan Poe, en versión de Julio Cortázar, con hermosas ilustraciones de Harry Clarke y muy bien editados por Libros del Zorro Rojo, un nombre joven a seguir.

Me asalta una duda: ¿se atreverá Destino a publicar la Trilogía Millennium de Stieg Larsson en un solo volumen? Me salen unas 2.300 páginas… ¿Quizá con un atril motorizado de regalo?

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Triple placer

Hay algo mejor que descubrir una gran novela de un gran escritor: descubrir que es la primera de una trilogía. Cuando te enteras de que hay una segunda trilogía del mismo tipo, la cosa ya se pone orgásmica, salivas como un famélico chucho de perrera y te frotas las manos. Como dijo no sé quién, una de las mejores cosas del sexo -a veces- es la anticipación cuando subes acompañado la escalera hacia casa.

No es que Robertson Davies (1913-1995) me excite -aunque si llego a viejo me gustaría lucir una pinta parecida a la que ves abajo-, pero sus novelas me ponen bastante (aquí debería añadir “literariamente”. Bueno, pues ya está añadido). La pista de Davies, canadiense, me la levantó un amigo a través de la conocida como Trilogía de Deptford (Libros del Asteroide), tres obras prodigiosas con un aire familiar pero muy distinto al del libro que acabo de tener el placer de leer: Ángeles rebeldes, al que siguen Lo que arraiga en el hueso y La lira de Orfeo, que aún huele a tinta fresca y remata la Trilogía de Cornish.

Ángeles rebeldes abre el fuego del trío de historias unidas por la figura de un mismo personaje, Francis Cornish, aunque concebidas para leerse por separado si se desea. La acción arranca con el regreso de un excéntrico y malicioso personaje -el profesor Parlabane- a una venerable universidad canadiense que acaba de recibir el legado de Cornish, mecenas millonario y gran coleccionista de arte que nombra en su testamento a tres albaceas profesores de esa universidad.

Así dicho no parece muy atractivo, pero Davies se las apaña para crear una entretenidísima novela de intriga con la que -entre otras muchas cosas- da un repaso al mundo académico (fue profesor y lo conoció bien), el coleccionismo de arte, las viejas tradiciones de los gitanos centroeuropeos, los lutieres o antiguas sabidurías olvidadas como la alquimia. Y todo con sabiduría y madurez para rastrear en el fondo del alma de los personajes, más vivos que esa gente tan rara con la que te cruzas en el Metro.

CLÁSICO MODERNO

Todo suena muy intelectual, pero no hay que ponerse nervioso, porque una de las claves del talento de este escritor canadiense es su capacidad para divertir. Sus libros, maravillosamente entretenidos e inteligentes, exhiben una erudición apabullante que consigue el milagro de no caer en la pedantería.

Ironía, distanciamiento sin frialdad, delicioso sentido del humor, estilo ágil y conciso, comedia, tragedia, sarcasmo, personajes maravillosos, comprensión de lo humano y un difícil maridaje entre la narración vieja -a la manera en la que Dickens pueda ser viejo- y lo moderno distinguen a un clásico capaz de decir las cosas más importantes con aparente levedad y recuperar el placer de leer por leer y saber por saber.

Quedaos con este nombre: Robertson Davies. Un soplo de aire fresco para respirar entre tanta mierda.

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