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¿Quieres escribir un best-seller…

… aunque sea una puta mierda?

Si aún crees que puedes ganar pasta escribiendo (no irás a decir que juntas letras y te inventas historias porque necesitas hacerlo y expresarte, ¿verdad?), déjate de talleres literarios y tira a la basura tu ejemplar de Mientras escribo lleno de post-its y subrayados con los consejos técnicos del gran maestro de las superventas, el señor Stephen King. 

Mejor vete al final del post, estudia la infografía (el género literario del neomedieval siglo XXI, que vuelve a los dibujitos y las frases de no más de diez palabras, no vayamos a petar) y toma nota de sus datos y enseñanzas, entre ellos:

– Las mujeres leen más –y más novelas– que los hombres, así que si tu protagonista es femenina, más cerca estarás del objetivo.
– El 30% del personal no pasa de la página 50, así que no te las des de Javier Marías, y al grano.
– Un best-seller tiene una media de 375 páginas, poda y recorta, poda y recorta.
– La novela romántica arrasa entre ellas, y la histórica entre ellos.

Así que ya sabes: antes de ponerte al tema, métete entre ceja y ceja este gráfico de Hiptype que concentra el verdadero ADN de un melocotonazo literario.

El ADN de un libro de éxito

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La larga marcha

stephen-king

Yo voy a casa del vecino a pedir sal y me abre este tío, y me mudo al día siguiente.

Llevaba años con ganas de leer algo de Stephen King, para ver si encontraba las claves del éxito masivo de este señor que vende novelas a millones y se inventa por decenas (¿tendrá negros?) historias retorcidas y terroríficas, o eso me ha parecido en las adaptaciones televisivas y cinematográficas que he visto.

Hay una de esas versiones que no se me va de la cabeza: El misterio de Salem’s Lot, una serie que pusieron a mediados de los 80 en España. Fue el cenit de mis miedos infantiles, sobre todo cuando aquel niño desaparecido regresaba a su casa con nocturnidad y alevosía, vampirizado, en pijama (eso era lo que más acojonaba), flotando y arañando desde fuera la ventana del dormitorio que compartía con su hermano.

Jamás le perdonaré a Stephen King que su malsana y rentable imaginación me abocara a uno de los momentos más bochornosos de mi niñez, aquel en que huí del salón y me metí en mi cuarto tarareando el execrable Part time lover de Stevie Wonder, jitazo del momento, solo por no oír ni de lejos nada de lo que pasaba en la pantalla.

¿Penoso? Quizá, pero, pasada una pila de años, he vuelto a ver la escena y hasta se me han puesto los pelillos de punta, en una especie de recuperación proustiana pero sin magdalena de aquel niño cagón que un día fue.

El caso es que he ido posponiendo lo de King hasta estos días, cuando un artículo que he escrito para Muy Interesante (diez novelas y cómics distópicos que no sean 1984 y Un mundo feliz, muy pronto en su kiosco, y perdón por el autobombo vergonzante, pero me limito a seguir las enseñanzas de los gurús del Social Media) me ha puesto en contacto al fin con el capo del terror comercial. Nada como leer por dinero.

CAMINATA MORTAL
Mi puerta de entrada al universo paralelo de King ha sido La larga marcha (1979), una de las cinco novelas que publicó entre 1977 y 1984 bajo el seudónimo de Richard Bachman. Sus editores pensaban que el prolífico novelista estaba saturando el mercado, y le sugirieron que diera salida bajo otro nombre a algunas de sus historias, porque King escribía como los japoneses hacen huelga: a destajo.

314_P83001A.jpgPongámonos en situación: nos encontramos en unos Estados Unidos perfectamente familiares, aunque hay algo extraño que se va dejando caer en medidas alusiones a lo largo del relato. El país parece haber sucumbido al dominio de un régimen totalitario encarnado por una figura -el Comandante- que aparece de vez en cuando y del que nunca sabemos si se trata del dictador gobernante o solo de una figura autoritaria entre otras.

En ese contexto vagamente inquietante, King nos suelta de sopetón en la carretera donde comienza la “larga marcha” anual, una especie de prueba deportiva retransmitida por televisión a todo el país, que se paraliza para seguirla.

Los participantes son cien muchachos adolescentes que han de caminar sin interrupción y sin bajar jamás de los 6,5 km/h. El que lo haga recibe tres avisos, y al cuarto los soldados que siguen la prueba en vehículos oruga le dan “el pasaporte”.

Por supuesto, solo puede quedar uno.

La lectura de esta fantasía distópica me ha dejado varias cosas claras sobre King, aunque tendré que leerlo más para confirmar (se admiten recomendaciones, queridos frikis):
– Sabe contar historias, dosificar la acción, intrigar y dejar con ganas de más.
– Sus personajes son creíbles, aunque a veces desprendan un olorcillo como de ‘Estrenos TV’.
– Los diálogos resultan eficaces y hacen avanzar la historia.
– Y lo más destacado: consigue crear atmósferas (y qué difícil es eso). 

La larga marcha se hace a veces monótona y el final decepcionará a algunos, pero inquieta con su sugerente retrato -apenas unas pinceladas- de una sociedad del espectáculo fascinada por la violencia televisiva y adormecida por el pan y circo de un régimen autoritario (creo que sirvo para escribir frases de solapa).

En los mejores momentos me ha parecido enfrentarme a una narración digna de una especie de Kafka de consumo, y quién sabe, quizá los eruditos del futuro tengan que acudir a King para entender los miedos y fantasías del hombre de hoy, antes que a escritores con mucho más prestigio.

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Una tumba para Stephen King

Vaya por delante: no he leído a Stephen King. Y no por pedantería o el esnobismo de rechazar los best-sellers, sino porque no me atrae la literatura de terror (Messi me asusta mucho más que Poe y la fantástica y similares tampoco figuran entre mis preferencias). Sin embargo, conozco el universo literario de este tipo con aire de nerd, aunque de forma indirecta y superficial. ¿Quién que no haya pasado los últimos treinta años en una cueva afgana habrá dejado de ver alguna película o serie de televisión basada en una de sus decenas (o cientos) de historias?

Viene esto a cuento porque, caminando hace unos días por el cementerio de Montmartre en busca de la tumba de Stendhal (cómo molo), me topé con la de Nijisnky (ahora sí que no se puede molar más), el célebre bailarín ruso que ha quedado como sinónimo del ballet clásico. Fue verla y pensar: “Esto es como de Stephen King” (esas pulseras en las puntas de las botas, esas zapatillas de baile sobre la lápida mojada, los enormes cuervos parisinos graznando…).

De acuerdo, no es una asociación muy original (también pensé en Fofito y El Payaso de La hora chanante), pero demuestra el poderío pop de King, quien, según Wikipedia, ha vendido ya más de ¡350 millones de copias de sus obras!, a las que habrá que sumar las que coloque de su última entrega: 22/11/63 (Plaza & Janés, 864 págs., 26,90 €), la historia de un profesor de instituto de Maine que viaja en el tiempo hasta el año 1958 con un objetivo: atrapar a Lee Harvey Oswald para impedir el asesinato de Kennedy.

Quizá sea mi primera toma de contacto con King, pero se admiten sugerencias.

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Zombis

Hasta que Ian Gibson no culmine su esforzada tarea y logre pasearse por todos los pueblos de España con la calavera de Lorca bajo el brazo, tendremos que conformarnos con zombis menos líricos. Como los de George A. Romero.

O como los de Zombies, antología publicada por Minotauro (un clásico de la ciencia ficción y la fantasía) que reúne relatos de escritores del género entre los que destaca Stephen King, y que esta Navidad he visto en manos de unos cuantos compradores que siguen las recomendaciones del Ministerio de la Cosa y regalan Cultura.

Los zombis dan mucho juego y acojonan, sí. En mis fantasías, lo que más me aterroriza del asunto es que pueda venir a devorarme los higadillos un tío verde y medio podrido vestido con una chaqueta andrajosa que reconozca del Zara, porque supongo que el imperio de Amancio Ortega alcanza ya lo funerario (un pedante hablaría de la fuerza de la intromisión de lo terrible en lo cotidiano, o viceversa).

Al menos, algo tengo que agradecer a los que salen de las tumbas: el vídeo de Thriller de Michael Jackson me descubrió al Butano y a Pumares. Pasé tanto miedo aquella Nochevieja de mi tierna infancia (¿1983?) que sufrí varias noches sin poder dormir hasta las tantas, y acabé arrullado hasta el sueño por las estremecedoras fatwas deportivas de José María García y los melodiosos graznidos cinéfilos de Pumares. Me marcaron, y quizá por eso acabé en Periodismo. Lo siento, padre, pero es que esto era irresistible.

Disculpen la digresión. De lo que quería hablar es del curioso combinado que forman últimamente los muertos vivientes y el morro en su versión más descarada. Hace unos meses que circula por Internet un PDF con una gamberrada que se llama La casa de Bernarda Alba zombi.

Hasta una portada falsa de Cátedra se han currado los tíos, y el blog tiene su coña. El fenómeno ha llegado también a las librerías. Umbriel ha editado Orgullo y prejuicio y zombis, de Seth Grahame-Smith, una versión del clásico de Jane Austen que añade difuntos devoradores de humanos a los amores difíciles con final feliz creados a principios del XIX por la escritora inglesa.

Imagino que la invasión de ultratumba tendrá continuación. Me parece bien. Puestos a hacer mierda, por lo menos que pueda salir en el programa de Buenafuente.

ACTUALIZACIÓN
Ha caído en mis manos otra profanación humorística de un clásico. Lazarillo Z, que con el subtítulo que reza ‘Matar zombis nunca fue pan comido’ ya deja clara de qué va la cosa. Empieza a oler…

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