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Maldito parné

Pocas definiciones mejores del dinero, amo y señor de nuestras vidas, que la de Ambrose Bierce en su Diccionario del diablo: “Una auténtica bendición que solo nos resulta ventajosa cuando nos deshacemos de él”.

Esa condición paradójica del único dios verdadero se refleja en El dinero en The New Yorker (272 págs., 23,95 €),un volumen de viñetas con El dinero en The New Yorkerel que Libros del Asteroide —una editorial que merece todos los elogios, aunque solo fuera por difundir la obra de Manuel Chaves Nogales Robertson Davies— se sale de su línea habitual para adentrarse en la de los coffee table books, esos que tan bien quedan en la mesa del salón, a mano para echarles un vistazo de vez en cuando más que para devorarlos de un tirón.

Robert Mankoff, dibujante y editor de viñetas de The New Yorker, la prestigiosa y un punto esnob revista neoyorquina progresista a la americana —el ala izquierda del PP, para entendernos— ha seleccionado 400 viñetas publicadas en este semanario desde 1925 hasta nuestros días. El tema, el dinero y las finanzas, de Gran Depresión en ¿enorme? Depresión y tiro porque me toca, en una demostración gráfica de que la economía se parece a la historia en definición marxista y se repite, pero en clave de farsa.

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No es que The New Yorker haya destacado nunca por su humor gráfico, habitualmente por debajo del nivel de sus textos (entre otros, allí han colaborado Truman Capote, Woody Allen, Roald Dahl, John Cheever, Joan Didion, Hannah Arendt, Salinger…), pero entre tantas viñetas hay muchas muy buenas, con gracia y mala leche. Cierto, el lector español también encuentra un puñado que solo puede entender un estadounidense, pero en general su universalidad constata que en materia de dinero todos hablamos el mismo idioma.

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Lo más interesante de este recorrido por casi un siglo de humor gráfico es apreciar que, pese a los cambios de mentalidad, las modas y el paso del tiempo, nuestros problemas económicos son casi idénticos a los de nuestros antepasados. Y además, ¿has pensado lo cool que vas a parecer regalando este libro en Navidad?

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Primeras novelas

No todo el mundo puede ser Truman Capote (1924-1984). Su primera novela, Otras voces, otros ámbitos, publicada en 1948, está tan bien escrita y su atmósfera es tan poderosa que da hasta mal rollo, como si fuera el producto de la mente de un niño retorcido y resabiado, un enano inquietante que sabe algo que tú no sabes, el tipo de mirada esquinada al que Cartier-Bresson retrató en 1947 como salido de la espesura para estropear la fiesta.

Lo que pasó después con la irregular carrera literaria de Capote es otra historia, pero el autor de A sangre fría se justificaba por la extrañeza de la crítica ante el hecho de que alguien con su edad pudiera exhibir semejante estilo. “¿Sorprendente? ¡Solo había estado escribiendo día tras día durante catorce años!”. Sí, Capote escribía como Dios a los veintipocos, pero llevaba entregado desde los ocho a la extraña tarea de contar historias, “encadenado de por vida a un noble, pero implacable amo”. O sea, la literatura.

“¿POR QUÉ NO ESCRIBES UN LIBRO?”
Tampoco es que haya que ponerse trascendental (Capote, además de talento, tenía un ego muy desproporcionado respecto a su tamaño), pero historias como esta me vienen a la cabeza cuando alguien me pregunta de sopetón: “¿Por qué no escribes un libro?”. Así, a pelo, como si fuera tan fácil como ligar tres frases con mediano sentido en un blog. Supongo que lo pensarán con la caja registradora en mente (autoayuda casposa, coaching, misterios de tres al cuarto, biografías de futbolistas) o después de ver a Nuria Roca promocionar sus novelas en el programa de Pablo Motos, pero ignoran que escribir un libro que no sea una puta mierda es una tarea de titanes al alcance de unos pocos dispuestos a dejarse los ojos en el empeño para fracasar casi siempre. El personal cree que la vocación de escritor es über cool, pero yo la veo más bien como una putada similar a la de nacer cojo en la región de los maratonianos keniatas.

¿Las claves? Trabajo, trabajo y trabajo; talento; y, fundamental, tener algo que decir. No es lo mismo redactar que escribir y, por eso, un respeto a cualquiera que encare un libro con ambición y movido por un anhelo que vaya más allá del legítimo de ganar dinero y punto.

EL PÚBLICO
Sí, amigos, las primeras novelas son complicadas, pero mantengamos la perspectiva. Si la cosa va bien, no son más que el paso inicial de una carrera de fondo, y hay que ser benévolo con ellas. El Público (Lengua de Trapo, 224 págs., 17 €) supone el debut novelístico de Bruno Galindo, periodista de amplio currículum y con varios poemarios, volúmenes de crónicas periodísticas y ensayos musicales a sus espaldas.

La historia arranca con un periódico de izquierdas dirigido a lectores de entre 25 y 40 años que ha perdido su público. Sus ejecutivos intentan recuperarlo con una idea peregrina: lanzar un suplemento dedicado al mundo del lujo más delirante. Entre la plantilla creada para el proyecto se cuenta con un periodista cuarentón, fracasado y entregado a teorías conspiranoicas que se topa así con su última oportunidad laboral, a cambio de renunciar a sus ideas. Todo parece irle bien, pero una serie de e-mails anónimos lo sumergen en una intriga desconcertante que controla menos y menos a medida que pasan las páginas.

El público adopta la forma de un thriller, pero a mi juicio es sobre todo una novela de ideas, cercana a veces al ensayo a pesar de su escritura ágil, directa y escueta. Lo que más me interesa es cómo retrata a una generación (la mía) urbana y de vuelta de todo pese a no haber ido a ningún sitio, acojonada ante la perspectiva de madurar y envejecer y encerrada en un cómodo mundo de consumo e hipócrita buen rollo (a ver lo que dura), que ha crecido leyendo revistas de tendencias que te venden unas zapatillas de 200 pavos en cuanto pasas la página con la foto de la vieja palestina en Gaza.

Hay más cosas además de esa fotografía generacional: una descripción ácida y reflexiva de los medios de comunicación y las relaciones personales, una visión de la soledad y la incomunicación expuesta con una notable economía expresiva y una inquietante y permanente sensación de que algo -indefinido y vago pero siempre presente- va mal. Pese a algunos defectos (la estructura del relato resulta demasiado visible y el final quizá sea algo precipitado y decepcionante), El público es una meritoria primera novela, llena de buenas y ambiciosas ideas que apuntan a empresas mayores. Bien por Galindo.

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¿Talento desperdiciado?

Nórdica Libros, una de esas pequeñas editoriales que tan bien lo están haciendo, acaba de publicar Niños en su cumpleaños (64 págs., 8 €), un relato que se lee en un suspiro y donde brilla el mejor Truman Capote (1924-1984), dueño de una prosa cristalina, hermosa y llena de precisión (nada falta ni sobra, todo está en su sitio) y sensibilidad, que no sensiblería. El escritor de Nueva Orleans fue un maestro del relato corto y un superdotado a la hora de reflejar los matices y ambigüedades de la realidad con apenas un par de pinceladas, privilegio de los grandes.

Los niños del profundo sur de los EE.UU. (donde él creció) fueron uno de sus temas favoritos al principio de su carrera, y supo describir como nadie sus problemas y preocupaciones, como en el relato que nos ocupa. La vida de dos críos, Billy Bob y Preacher Star, queda convulsionada con la llegada a su pequeño pueblo de Alabama de Lily Jane Bobbit, de diez años, y su madre, que nunca habla. Leer esta breve historia y no correr a buscar los Cuentos completos de Capote queda descartado.

EL PEQUEÑO GENIO AMERICANO
Truman Capote fue una mina para los consumidores de escándalos. Famoso, gay, borracho, adicto a cualquier tipo de sustancia y egocéntrico (“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, escribió en pleno abotargamiento y decadencia), añadió a su aura de maldito de papel cuché el haber padecido una infancia desgraciada y solitaria, redimidida por un explosivo talento literario que lo llevó a publicar una fascinante novela primeriza (Otras voces, otros ámbitos), con sólo 24 años.

Luego llegaron obras más maduras y depuradas, como El arpa de hierba, y éxitos clamorosos como Desayuno en Tiffany’s, pero fue la apasionante y magistral A sangre fría, publicada en 1966, la que le proporcionó la fama masiva en su país, un dudoso privilegio concedido a muy pocos escritores estadounidenses de calidad (Hemingway, quizá) en el siglo XX.

La novela narra el asesinato de cuatro miembros de una misma familia en un pueblo perdido de Kansas. Para escribirla, Capote se enfrascó en una larga investigación que lo llevó incluso a conocer íntimamente a los dos autores del crimen. Con A sangre fría, Capote inauguró un género (la “non fiction novel”, como lo bautizó él mismo) y contribuyó al surgimiento del llamado nuevo periodismo, aunque no cesan los debates sobre la realidad y solidez de estas contribuciones. En cualquier caso, ahí queda la fabulosa crónica de un crimen, una narración con la exactitud y precisión del mejor reportaje y la penetración de la literatura más exigente.

Desde entonces y hasta su muerte, el escritor de Nueva Orleans se convirtió al rebufo de su celebridad en una especie de bufón de la alta sociedad neoyorquina, y se multiplicaron sus apariciones en televisión, salpicadas de declaraciones más o menos provocativas, apoyadas en un aspecto de gnomo avejentado y una voz aflautada que no dejaba indiferente. Era como un marciano pasablemente pervertido aterrizado en la aún confiada América de mediados de los 60.

EN BARRENA
A partir de ahí, la carrera literaria de Capote se vino abajo poco a poco, quizá por culpa de las drogas, el alcohol y el desequilibrio personal del escritor, que no volvió a alcanzar el nivel demostrado en sus primeros años. Narraciones breves publicadas en revistas y, sobre todo, Música para camaleones (1980), un volumen que reunía cuentos cortos, retratos y un soberbio relato (Ataúdes tallados a mano) deudor de A sangre fría, fueron sus aportaciones, al margen de Plegarias atendidas, la novela inacabada que pretendía explorar la sociedad de los americanos ricos y que le amargó la vida, ya que a medida que publicaba fragmentos de la historia a modo de prueba de su actividad, muchos de sus amigos ricos que se veían retratados iban abandonándolo.

Así, Capote, arrastrado por las adicciones, la soledad y las pesadillas que lo acompañaban desde la infancia, se fue hundiendo hasta su muerte en 1984, a los 59 años. Quedó como la imagen del talento desperdiciado, del escritor que pudo haber creado la gran novela americana del siglo XX y no lo hizo, pero sus primeros cuentos, A sangre fría y varias de sus breves novelas bastan para hacerle sitio entre los mejores.

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