Archivo de la categoría: Novela

En la estela de las 50 sombras

Trabajar en Muy Interesante también da para escribir cosillas de libros.

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Bad Sex in Fiction Awards

 

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Hay que leer a Simenon

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La mirada indiscreta, Georges Simenon

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Doodle Tolstoi

Qué bonito el Doodle de Google de hoy dedicado a las tres novelas fundamentales de Lev Tolstói (Guerra y Paz, Anna Karénina y La muerte de Iván Ilich), que este 9 de septiembre cumpliría 186 añitos.

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La irrealidad de los muertos

La Peste

‘La peste’ se publicó en 1947 y es un clásico imprescindible de la literatura del siglo XX.

Cada vez que vemos, leemos o escuchamos las noticias sobre masacres, atentados y catástrofes, con sus fríos y notariales inventarios de víctimas, o cuando los irresponsables que no han disparado ni a un pajarillo aporrean los tambores de guerra y piden invasiones y bombardeos –siempre lejos, siempre en lugares que ellos no pisarán en sus vidas–, deberíamos tener presentes los pensamientos que Albert Camus pone en la mente del doctor Rieux, uno de los personajes de su novela La peste.

“(…) un hombre muerto solamente tiene peso cuando le ha visto uno muerto; cien millones de cadáveres, sembrados a través de la historia, no son más que humo en la imaginación”.

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La larga marcha

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Yo voy a casa del vecino a pedir sal y me abre este tío, y me mudo al día siguiente.

Llevaba años con ganas de leer algo de Stephen King, para ver si encontraba las claves del éxito masivo de este señor que vende novelas a millones y se inventa por decenas (¿tendrá negros?) historias retorcidas y terroríficas, o eso me ha parecido en las adaptaciones televisivas y cinematográficas que he visto.

Hay una de esas versiones que no se me va de la cabeza: El misterio de Salem’s Lot, una serie que pusieron a mediados de los 80 en España. Fue el cenit de mis miedos infantiles, sobre todo cuando aquel niño desaparecido regresaba a su casa con nocturnidad y alevosía, vampirizado, en pijama (eso era lo que más acojonaba), flotando y arañando desde fuera la ventana del dormitorio que compartía con su hermano.

Jamás le perdonaré a Stephen King que su malsana y rentable imaginación me abocara a uno de los momentos más bochornosos de mi niñez, aquel en que huí del salón y me metí en mi cuarto tarareando el execrable Part time lover de Stevie Wonder, jitazo del momento, solo por no oír ni de lejos nada de lo que pasaba en la pantalla.

¿Penoso? Quizá, pero, pasada una pila de años, he vuelto a ver la escena y hasta se me han puesto los pelillos de punta, en una especie de recuperación proustiana pero sin magdalena de aquel niño cagón que un día fue.

El caso es que he ido posponiendo lo de King hasta estos días, cuando un artículo que he escrito para Muy Interesante (diez novelas y cómics distópicos que no sean 1984 y Un mundo feliz, muy pronto en su kiosco, y perdón por el autobombo vergonzante, pero me limito a seguir las enseñanzas de los gurús del Social Media) me ha puesto en contacto al fin con el capo del terror comercial. Nada como leer por dinero.

CAMINATA MORTAL
Mi puerta de entrada al universo paralelo de King ha sido La larga marcha (1979), una de las cinco novelas que publicó entre 1977 y 1984 bajo el seudónimo de Richard Bachman. Sus editores pensaban que el prolífico novelista estaba saturando el mercado, y le sugirieron que diera salida bajo otro nombre a algunas de sus historias, porque King escribía como los japoneses hacen huelga: a destajo.

314_P83001A.jpgPongámonos en situación: nos encontramos en unos Estados Unidos perfectamente familiares, aunque hay algo extraño que se va dejando caer en medidas alusiones a lo largo del relato. El país parece haber sucumbido al dominio de un régimen totalitario encarnado por una figura -el Comandante- que aparece de vez en cuando y del que nunca sabemos si se trata del dictador gobernante o solo de una figura autoritaria entre otras.

En ese contexto vagamente inquietante, King nos suelta de sopetón en la carretera donde comienza la “larga marcha” anual, una especie de prueba deportiva retransmitida por televisión a todo el país, que se paraliza para seguirla.

Los participantes son cien muchachos adolescentes que han de caminar sin interrupción y sin bajar jamás de los 6,5 km/h. El que lo haga recibe tres avisos, y al cuarto los soldados que siguen la prueba en vehículos oruga le dan “el pasaporte”.

Por supuesto, solo puede quedar uno.

La lectura de esta fantasía distópica me ha dejado varias cosas claras sobre King, aunque tendré que leerlo más para confirmar (se admiten recomendaciones, queridos frikis):
– Sabe contar historias, dosificar la acción, intrigar y dejar con ganas de más.
– Sus personajes son creíbles, aunque a veces desprendan un olorcillo como de ‘Estrenos TV’.
– Los diálogos resultan eficaces y hacen avanzar la historia.
– Y lo más destacado: consigue crear atmósferas (y qué difícil es eso). 

La larga marcha se hace a veces monótona y el final decepcionará a algunos, pero inquieta con su sugerente retrato -apenas unas pinceladas- de una sociedad del espectáculo fascinada por la violencia televisiva y adormecida por el pan y circo de un régimen autoritario (creo que sirvo para escribir frases de solapa).

En los mejores momentos me ha parecido enfrentarme a una narración digna de una especie de Kafka de consumo, y quién sabe, quizá los eruditos del futuro tengan que acudir a King para entender los miedos y fantasías del hombre de hoy, antes que a escritores con mucho más prestigio.

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